«En las chicas, el miedo al espacio público es generalizado, sobre todo a sufrir en él agresiones sexuales»

 Foto: UOC

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05/03/2020
Redacción
Maria Rodó de Zárate, investigadora del grupo Género y TIC del IN3 de la UOC

 

Tras haber desarrollado investigación en varias universidades de Estados Unidos, Brasil e Irlanda, Maria Rodó de Zárate se incorporó hace cuatro años y medio en el grupo de investigación GenTIC (Género y TIC: Investigando el Género en la Sociedad Red) de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), que entre otras cuestiones estudia los estereotipos de género en las llamadas carreras STEM (acrónimo que viene de las siglas en inglés de ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).

La investigadora, experta en temas de desigualdades de género, discriminaciones en espacios urbanos, el miedo de los espacios públicos y LGTBIfobia, trabaja actualmente en varios proyectos como uno de prevención de violencia machista en los centros de secundaria financiado por el programa RecerCaixa. Lo hace con una perspectiva interseccional, una disciplina que analiza la desigualdad y la discriminación desde prismas muy diversos: el género, la etnicidad, la clase social, la edad, la orientación sexual, entre muchos otros. Rodó ha desarrollado metodologías visuales y digitales como los relief mapa (www.reliefmaps.cat) para analizar todos estos datos.

 

En las TIC, ya sea en vídeos, videojuegos o páginas web, encontramos muchos contenidos que incitan a la violencia machista o la banalizan. ¿Sufrimos un retroceso en la lucha contra la discriminación y los estereotipos de género?

En la lucha contra la discriminación no sufrimos ningún retroceso porque cada vez más las chicas cuentan con herramientas para identificar la violencia y la discriminación, pero lo que sí aumenta es la discriminación en sí. La extrema derecha u otros agentes políticos o sociales nos llevan unos discursos que hacía tiempo que no oíamos por corrección política y todo esto tiene un efecto claro en el ámbito digital y en las redes sociales, que son focos de expansión de este tipo de discursos y mensajes.

Pero en internet no podemos poner puertas al campo. ¿Cómo podemos impedir que estos contenidos lleguen a la juventud?

La línea punitiva no es una buena fórmula. En el caso de la juventud, lo que convendría es enseñarlos a usar las redes sociales y protegerse ante determinadas conductas, y aquí la educación desempeña un papel importante. Por ejemplo: hay que dotar a la juventud de herramientas individuales y colectivas para hacer frente a este tipo de conductas y saber prevenirlas. La prevención se consigue hablando de estos temas, pero también trabajando las masculinidades. No debemos poner el foco solo en ellas (las mujeres), en cómo deben solucionar el problema, sino que también hay que trabajar con los chicos por qué llevan a cabo ciertas conductas y hacerlos reflexionar sobre ello.

Las redes sociales han permitido la irrupción de un nuevo tipo de maltratador, el que controla a la pareja por medio de estas redes o del móvil. Aunque se han llevado a cabo campañas con eslóganes del tipo «Si te controla, no es amor», es un problema bastante frecuente. ¿Cómo podemos afrontar esta ciberviolencia?

Las redes sociales no son el problema ni tampoco la solución. De hecho, estas conductas ya se daban antes por medio de otras herramientas y canales. Por lo tanto, no creo que tengamos que poner tanto el foco en las redes como en las conductas y las relaciones sociales que nos vienen dadas por la educación, los referentes sociales, los productos culturales que consumimos...

En el grupo de investigación GenTIC de la UOC, del cual forma parte, entre otras cosas recogéis datos sobre diferentes tipos de violencia. ¿Qué conclusiones extraéis de esos datos?

En estudios sobre prevención de la violencia, hemos visto que cuando se habla de violencia se asocia normalmente con el ámbito de la pareja, pero debemos tener en cuenta que en la población muy joven no es en este ámbito donde más violencia se produce, sino en el espacio público o en las relaciones de amistad. Hemos elaborado un estudio financiado por RecerCaixa a partir de datos recogidos de cuatro institutos de diferentes ciudades y contextos socioeconómicos de Cataluña, tanto privados como de alta complejidad, y hemos visto que en las chicas de catorce a dieciséis años el miedo al espacio público, sobre todo a sufrir en él agresiones sexuales, es generalizado. También hemos visto que consideran las redes sociales como un espacio poco seguro y que muchas chicas que se identifican como no heterosexuales sufren discriminaciones entre iguales, en las redes y también en el seno de la familia.

Y ¿cuál es la solución para erradicar el miedo que sufren las jóvenes en el ámbito público?

En primer lugar tenemos que mirar de dónde viene este miedo, y es importante saber que la mayoría de agresiones de violencia sexual no se da en el espacio público, sino en el ámbito privado. Pero habitualmente a una niña de doce años no le proporcionamos herramientas para detectar abusos por parte de un familiar o identificar a los agresores del ámbito más cercano; en cambio, sí dispone de herramientas para detectar agresores en el espacio público y recibe muchos comentarios como «no vayas sola» por la calle.

Los anuncios de juguetes siempre han sido muy estereotipados. ¿A partir de qué edad un niño interioriza estos mensajes u otros que ve en la televisión o internet y hace la distinción «esto es de niño» y «esto es de niña»?

A los tres años, los niños ya tienen la identidad de género definida, es decir, saben si son niños o niñas en función de lo que han visto o hemos ido explicándoles. Existen muchas cuestiones implícitas. Los adultos hablamos en masculino o femenino para identificar hombres y mujeres y los niños y niñas van recibiendo toda una serie de información añadida en la escuela, en la familia, en la televisión o en los cuentos que les crean roles y referentes: cómo van vestidos hombres y mujeres, qué tareas desempeñan, y van interiorizándolo. El ámbito de los juguetes y el de la ropa están muy estereotipados y presentan mucha resistencia a los cambios. En las grandes marcas de ropa infantil, la ropa de niño y niña está separada por los colores azul y rosa. Hace unos días fui a comprar unos calcetines, ¡y me preguntaron si eran para niño o niña!

Las carreras vinculadas a la tecnología, la ingeniería, las matemáticas y la ciencia (llamadas STEM) tienen un gran futuro laboral, pero según las estadísticas son muy pocas las mujeres que las estudian. ¿Por qué las mujeres no quieren ser ingenieras?

Existen varias razones. Por un lado, están los estereotipos que vamos reproduciendo en nuestra cotidianidad, y por otro también ocurre por la falta de referentes. Si no hemos visto nunca mujeres en estos ámbitos y los medios de comunicación no muestran mujeres haciendo estos trabajos, es difícil que una niña pueda pensar que quiere ser ingeniera informática, porque no se ve representada. También el profesorado desempeña un papel importante cuando la joven debe elegir su futuro laboral: si existe un referente en positivo por parte del profesorado, las chicas están más incentivadas. También la autopercepción tiene un peso destacado. Hay chicas que no se ven capacitadas para desarrollar determinados trabajos a pesar de estar sobradamente preparadas; en cambio, entre los chicos no suele haber esta infravaloración.

¿La biología no desempeña ningún papel?

En absoluto. Nuestro cerebro es plástico y, en función de los inputs que recibe, las habilidades cambian. Si durante toda la vida, a los niños les regalamos juegos de construcción y se han entrenado en un mundo más tecnológico y abstracto, es normal que de mayores posean más habilidades que las niñas que han jugado a otros juegos, como puede ser a muñecas. Ellas tendrán seguramente más habilidad para cuidar personas si han entrenado este tipo de habilidades. Es un proceso de socialización.

Desde hace un tiempo, la robótica está presente en muchas aulas desde primaria, pero en los concursos de robótica seguimos viendo más chicos que chicas. ¿Cuándo veremos la equiparación real? En Medicina se ha conseguido y en algunas facultades ya hay más mujeres que hombres.

Es una cuestión de tiempo. Estos cambios son lentos porque implican cambios en los comportamientos y las formas de relacionarnos. Pero también se necesitan cambios estructurales y que se valoren y reconozcan más ciertos trabajos. ¿Por qué es más prestigioso ser arquitecto que maestro? O ¿por qué tiene más reconocimiento social una ingeniería que una carrera de humanidades? Lo femenino está menos valorado. Ahora que hay más mujeres ejerciendo la medicina, la profesión está más precarizada y es menos reconocida que antes. Cuando las mujeres hacen trabajos tradicionalmente masculinos, estos se devalúan. Y cuando los hombres llevan a cabo trabajos tradicionalmente femeninos (como la cocina), estos consiguen más reconocimiento social. Y ello muestra la clara desigualdad de género que impregna todos los ámbitos de nuestra sociedad.